Lección sobre casi todas las cosas importantes.

Iván Celeste

 

Lección sobre casi todas las cosas importantes.

Perdón por el prólogo:

Esta entrada, como suele pasar con casi todas las cosas importantes, llega tarde. De hecho, me planteaba no escribirla, olvidarla, como si nunca hubiese ocurrido. Me he dicho de todo para justificarme mi (no tiene otro nombre) vaguería. Huir y refugiarme en que realmente no era algo tan importante, o que al fin y al cabo, ya había pasado hace “bastante” tiempo. Pero hoy, en un momento de sinceridad conmigo mismo (que son, paradójicamente, los más necesarios y los menos abundantes) me he dado cuenta de que era una historia perenne, de las que no caducan, de las que muy posiblemente se puedan leer de varias maneras dependiendo de la persona y el aliño del momento. Sobre la que podremos sacar innumerables conclusiones y nunca llegar a interpretar ninguna. Y sobre la que nunca se llegará a escribir demasiado bien. Como suele pasar con casi todas las cosas importantes.

Una vez puesta la miel en los labios, solo haré una última advertencia, y es que cuando digo “cosas importantes” estoy obviando banalidades del tipo “ahorrar dinero”  o “visite nuestra web”. “Cosas importantes” se parece más bien a la perturbación que nos traspasa cuando ríe un niño, o vemos saltar un delfín.

Y si, está basado en hechos reales de chicos cercanos a las asociación. Al lío.

 

 

Iván es pícaro y resultón, camina con gracia, le gusta preguntar y vestir bien. Celeste es tranquila y risueña, habla bajito, y tiene la capacidad de imprimir una bondad incomprensible en las palabras.

A Iván, entre otras cosas, le preocupa no llegar a ser bailarín. A Celeste, le molesta saber que puede ayudar a alguien y no hacerlo. Iván siempre con un moderno pañuelo en el cuello, Celeste con su bolsito, cruzado, desde el hombro a la cintura. Bien.

No se me ocurren muchas cosas más trágicas que la muerte de una abuela. Celeste lo sabe, no importa si lo comprende. Lo sabe y con eso basta. Por eso anima a Iván, le hace ver que no está solo, que tiene (al menos) una amiga con la que puede contar para todo. Durante un tiempo le escribe a diario, le pregunta qué tal ha pasado el día, le cuenta anécdotas, habla con él, le escucha e intenta por todos los medios si no sacarle una sonrisa, al menos que no derrame una lágrima. Celeste no piensa en ayudar, no corre a contar lo que hace cada día, no busca aplausos o felicitaciones. Sencillamente le molesta saber que puede ayudar a alguien y no hacerlo. Iván es su amigo y puede ayudarle. Lo hace por él, o por ella, o por los dos. No quiere reconocimientos ni piensa en si Iván haría lo mismo por ella, no necesita espectadores, es de una integridad envidiable. Y de esa integridad surge una carta, hacer sentir bien a Iván no basta, también hay que hacerle saber a su abuelita que Iván tiene amigos, que sus amigos le quieren, que hacia donde vaya, puede continuar tranquila, que sus amigos le cuidan. Lo escribe, alarga la mano por la ventana y la muestra al cielo. Permanece en esa postura un ratito, lo justo para que esté donde esté, la abuela de Iván pueda leerla con calma. Cuando finalmente la guarda, contempla un lugar sencillo, así su abuela pueda leerla siempre que quiera.

Todo sigue girando, Celeste jamás se parará a  intentar comprender por qué sacó esa carta por la ventana, por qué siguió escribiendo a Iván o pensando palabras amables para las personas que la rodean. Es lo correcto. Lo sabe, y con eso basta. Sería una tontería no hacerlo. De locos.

En la naturaleza de Celeste, en la de algunas personas, hay algo que no se podrá nunca llegar a plasmar del todo, es esa clase de inocencia, ese suspiro contenido que no necesita justificación para actuar y que haría que todo fuese un poquito mejor si abundase más entre las personas que caminan por el mundo.

Me gusta pensar que lo tenemos. Todos. Sin excepción. Que está ahí simplemente esperando a que cambiemos un poco la graduación, variemos el enfoque y al limpiarnos nuestras gafas rotas y agrias de costumbre, nos demos cuenta de que en realidad no es tan difícil sonreír un poco más, que no cuesta nada tener un buen gesto, escuchar, ser agradecido amable o simplemente desear un buen día. Nos demos cuenta de que no es  difícil librarnos de esas agrias gafas y por fin mirar con nuestros ojos casi todas las cosas importantes.

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